Vicente Dell’Arciprete pone garra y corazón para sostener la Estación Forestal 25 de Mayo del INTA

Cualquier persona que viaje por la Ruta Nacional 5 y esté atenta, podrá ver distintos carteles que señalan el camino hacia la Estación Forestal del INTA en 25 de Mayo. No son obra de Vialidad Nacional sino una idea del agrónomo Vicente Dell’Arcipetre, el técnico más longevo que tiene esa experimental, con más de 40 años de trabajo acumulado. “Desde el 1° de febrero de 1980 que estamos haciendo patria”, recuerda todavía emocionado y convencido de que el rol de ese centro es importantísimo para la forestación en el país, sobre todo en estos tiempos de calentamiento y cambio climático.

El establecimiento no fue siempre del INTA. Inició su recorrido como escuela agropecuaria y luego pasó a formar parte del Instituto Forestal Nacional (IFONA), pero cuando ese organismo se disolvió en 1991 esta estación forestal y algunas otras quedaron bajo el paraguas del Instituto de Tecnología Agropecuaria.

Actualmente cuenta con una superficie de 115 hectáreas, ubicadas a siete kilómetros de la localidad bonaerense de 25 de Mayo. Entre sus principales tareas está la investigación, la experimentación y la transferencia tecnológica de especies forestales, tanto en forma de plantas como de semillas. La estación se ha convertido en uno de los principales bancos de especies de todo el país, y su producción, multiplicación y venta se realiza a través de la Asociación Cooperadora del INTA Pergamino. Se especializa en sauces y álamos, que son las más difundidas en esta región del país. Pero hay semillas, plantines o estacas de un montón de árboles diferentes.

 

“Tenemos parcelas experimentales donde producimos semillas que se multiplican, y después por otra parte multiplicamos clones de álamo y de sauce, entre otras especies, que son nuestro ícono a nivel de producción forestal. Tenemos un banco clonal genético que es una reserva de variedades. Trabajamos con muchos clones para indicarle al productor cuál puede plantar según el tipo de suelo. De sauces y álamos debemos tener 120 clones distintos. Algunos todavía siguen experimentándose y otros ya son comerciales”, explicó a Bichos de Campo Dell’Arcipetre.

“Eso es un poco el por qué de poner carteles en las rutas. Al ver la palabra forestal la gente consulta, sabe que es un lugar donde hay plantas y donde puede preguntar. La idea fue ubicar a la estación y motivarlos”, agregó el investigador.

Teniendo ese gran reservorio forestal -el más importante de la provincia de Buenos Aires y del cual salen muchas semillas y plantines rumbo a varias provincias del país- se podría pensar que la experimental está llena de trabajadores, dada la gran extensión de la misma. Pero a Bichos de Campo le asombra cierta sensación de soledad. Es evidente que esta estación atraviesa una escasez de mano de obra preocupante, pese a que Vicente se desvive para tapar los agujeros como puede.

“Acá somos 7 personas con el administrativo incluido, y lamentablemente debido a la pandemia se redujo la planta. Tuvimos que enfrentar esta situación hasta hace un mes con solo dos auxilares de campo. Tratamos de cumplir, dentro de nuestras posibilidades y haciendo un gran esfuerzo, con los productores del resto del país”, reconoció con pesar Dell’Arcipetre.

Mientras el coronavirus mantenía a todos encerrados, a la Estación seguían llegando pedidos de estacas, plantas o semillas de todas partes del país. Por ejemplo, cuenta el investigador que ahora existe una gran demanda de álamos desde Córdoba a raíz de la sanción allí de una ley que obliga a forestar al menos 2% de la superficie de todos los campos. Responder a ese tipo de pedidos -además de a la de investigadores, viveros, municipios o productores particulares interesados en implantar sus propios bosques- tiene que ver con la necesidad de generar ingresos para sostener a la estación, que si bien logró sobrevivir no está en las mejores condiciones en que debería dada su importancia.

“Hoy estoy orgulloso de decir que la estación la hemos podido mantener. Quizás no como estaba antes del inicio de la pandemia. No ha habido un gran deterioro, salvo algunas partes en donde debimos dejar el cuidado a un lado, como por ejemplo cortar el pasto. En general tenemos las herramientas caminando y la maquinaria en funcionamiento, que no es poca cosa”, afirmó el técnico.

El estado de cosas no sorprende si se tiene en cuenta la situación del sector forestal a nivel nacional. Lo que ocurre en esta estación del INTA es un claro ejemplo de la falta de promoción e incentivos que tiene esta actividad. Así lo demuestran las estadísticas: la superficie forestada no ha crecido de 1,2 millones de hectáreas desde hace muchas décadas, cuando la Argentina está en condiciones de elevar fácilmente su área de bosques implantados hasta un piso de por lo menso 5 millones. Pero la Ley 25.080 promociona las nuevas plantaciones con subsidios que usualmente llegan tarde y desactualizados por la alta inflación.

“Eso es lo que a veces nos pone un poco mal a quienes venimos tirando del carro hace muchos años en el tema forestal. Argentina tiene superficies que no compiten en lo más mínimo con la agricultura y la ganadería. Pero no llegamos a tener más de 40.000 o 50.000 hectáreas nuevas por año”, señaló Dell’Arcipetre. Muchas de las que se implantan, especialmente en la región del delta bonaerense y de la pradera pampeana, reciben estacas o plantines de esta estación forestal.

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Una de las razones que el especialista esboza es que el productor no ve rentabilidad en un cultivo agrícola de largo plazo, que solo puede ser cosechado en 12 o 15 años. Esto se debe en parte a la falta de incentivos y a la concientización sobre la potencialidad que tiene la actividad.

“El tema forestal no termina en cortar la madera que se va a comprar en el aserradero. La captación de carbono, la acción contra el cambio climático, la generación de sombra, son ventajas comparativas. Tenemos que pregonar que la forestación no es solo forestar. Los árboles pueden convivir con los cultivos agrícolas y sabemos muy bien que puede convivir con la ganadería en los sistemas silvopastoriles”, sostuvo el especialista.

En ese sentido, la actividad de un vivero forestal como el del INTA en 25 de Mayo no solo está ligada a una apuesta al largo plazo. También se trata de una actividad muy artesanal, que no puede automatizarse ni mecanizarse. De allí la necesidad de que esta experimental cuente con una mayor dotación de mano de obra calificada que pueda supervisar y atender los distintos cultivares.

Pero aún con todo el viento en contra, Dell’Arcipetre espera con los brazos abiertos y las ganas intactas de responder dudas a todo aquel que quiera acercarse a visitar la estación, la que ha sido su casa por más de 40 años. “Acá se puede acercar todo el mundo y se atiende a todo el mundo. Ya sea un productor particular, una empresa o un municipio, así sea por una planta o por una forestación de diez hectáreas”, invitó.

Crédito: Bichos de Campo – bichosdecampo.com

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